Las verdaderas putas…

Es conocida por ser “la profesión más vieja del mundo”, pero deberíamos añadir “Y la más floreciente”, para terminar llamándola lo que realmente es: “La eterna profesión”. Y es la más vieja, la más floreciente y será eterna porque simplemente, TODA MUJER LLEVA DENTRO DE SÍ UNA PROSTITUTA QUE DUERME.

Desde pequeñitas aprenden a usar toda clase de trucos que con el paso de los años van perfeccionando hasta lograr lo que su naturaleza, algo más primitiva que la masculina, las induce a realizar hasta con el más pequeño de sus gestos: el dominio total del macho mediante la dosificación correcta de su entrega corporal.

Dejando de lado las salvajes zonas rurales y los barrios bajos, en donde las niñas son abusadas desde los 12 años, nos concentraremos en los estratos medios y altos en donde aceptaremos que generalmente ellas pueden decidir a su gusto a quién o a quiénes entregarán su cuerpo. Todo se inicia en los cursos superiores de los colegios, pero alcanza su plenitud en las aulas universitarias, en donde los paseos, las fiestas, los trabajos en grupo, los deportes, las celebraciones y otras actividades compartidas facilitan enormemente el acercamiento sexual entre compañeros de estudios. No se necesita ni siquiera ser “muy bonita” o “muy atractivo” para conseguir pareja: las drogas y el alcohol, que rara vez faltan en estas ocasiones, se encargan de vencer cualquier resistencia, real o fingida. Tanto los unos como las otras están muertos de curiosidad y de ganas.

PERO es aquí donde interviene el factor fundamental que nos ocupa, y es que, queriendo lo mismo, los dos géneros utilizan medios muy diferentes. Los machos tienen prisa, pero una vez que la mujer ve interés en el hombre, empieza a desarrollar su “jueguito”, consistente en decir sí un día, no al otro, tal vez, al siguiente, para finalmente hacerlo cuando a ella se le dé la gana. Y es que es un hecho probado que la mujer pierde la virginidad cuando quiere y el hombre cuando buenamente puede. Una vez que el hombre acepta este comportamiento (cosa que incomprensiblemente lleva haciendo por siglos) se produce algo que recibe muchos nombres, pero al que daremos aquí el de “NOVIAZGO”.

Durante este período, ambos piensan en sexo, obsesivamente los dos. Pero antes de hacerlo, la mujer se hace invitar a restaurantes, a cine, a fiestas; hace que el novio la recoja, la lleve, la traiga, le ayude con los trabajos, le lleve flores y regalos caros, que la llame y que viva pendiente de ella a todo instante. El novio aguanta sumisamente esperando que en cualquier momento cederá, tal vez la noche del cumpleaños, tal vez después de la fiesta, a lo mejor durante el paseo… Pero nada. Por supuesto ella se encarga de mantener esta esperanza viva con una que otra caricia ocasional, un besito aquí, un toquecito allá, lo suficiente para no ir a caer antes de tiempo.

A veces el hombre se desespera y en compañía de algunos amigos se van “donde las putas”. Allí encuentran mujeres tan bonitas como en su universidad, seductoras, sonrientes y dispuestas a darles todo lo que ellos deseen, a cambio de una remuneración en efectivo. Toman, se emborrachan, pagan y obtienen lo que llevaban tanto tiempo buscando: el placer sexual. Se despiertan aliviados, despojados ya de esa terrible tensión que llevaban meses acumulando y con la certeza absoluta de que ya “son hombres”.

Con esta experiencia a cuestas, vuelve el novio envalentonado en busca de su novia creyendo que la conquistará fácilmente. ¡Ingenuo! Ella sigue pacientemente su jueguito y él vuelve a caer. Más invitaciones, salidas, cines, restaurantes, vestidos, paseos y muchos, pero muchos gastos. Pero de aquello, nada.

Hasta que un día se enoja de verdad y amenaza con irse para siempre; ella, aterrada ante la perspectiva y loca de ganas de acostarse con su novio, sabe que ha llegado “el gran momento” y lo retiene prometiéndole todo para este fin de semana. Ese día van a comer a un lujoso sitio, toman vino, se miran y se van a un costoso motel en donde termina por suceder lo que ambos estaban deseando desde el primer momento.

La mayoría quedan atrapados y fascinados con esto. Pero los inteligentes se preguntarán: ¿Y esto era todo? ¿Me hizo esperar 6 meses para algo que todas hacen igual? Pero él sabe que no fue igual. La prostituta aquella, con su larga experiencia, lo hizo mucho mejor y lo satisfizo plenamente, cosa que su noviecita no llegó ni siquiera a emular. El novio insiste: Bueno, pero a esa tuve que pagarle y al fin de cuentas no es más que una puta, en cambio ésta por lo menos es decente. “me entregó su virginidad, fui el primer hombre en su vida” se dice con orgullo y se siente satisfecho. Trata de calmar su conciencia pero no puede…y el inteligente sigue pensando…¡¡¡En realidad sí le pagué!!! ¿Es que acaso fueron gratuitas todas esas costosas invitaciones que le hice? ¿Cuánto gasté en comidas? ¿Cines? ¿Paseos? ¿Regalos? ¿Acaso alguna vez invitó ella? ¿Cuánto vale todo ese tiempo que perdí esperando por algo que se puede obtener al instante con sólo pagar una ínfima parte de lo que he pagado por esta insípida virgen? Y el inteligente no tarda en llegar a una conclusión similar a la que sigue y se promete no volver a caer en el jueguito femenino. ¡Pero claro que caerá!

Y la conclusión es esta: Es mil veces más decente la puta que se pasea en las noches por las calles de San Victorino, dispuesta a complacernos sexualmente y al instante por un modesto pago, poniendo en peligro su salud y su integridad física, que la niña “bien” que se hace pagar 100 veces más caro por un polvo continuamente pospuesto por voluntad propia y que desea tanto o más que el hombre que la busca. Y si era virgen, peor; “LAS MUJERES SE HACEN PAGAR BIEN CARO LA VIRGINIDAD QUE NOS ENTREGAN, COMO SI EL HACERLO FUERA PARA ELLAS UN DOLOROSO SACRIFICIO Y NO UN DELIRANTE PLACER”. Tanto en Colombia, como en Singapur, el Himalaya, la Patagonia o el Polo norte, las mujeres lo dan igual, esa es una verdad que una vez que se comprende nos quita de encima el peso enorme de los insanos pensamientos. Bonitas o feas, gordas o flacas, negras, blancas, amarillas o pieles rojas, altas o bajitas, todas lo hacen igualito y en todas partes, por diferentes que sean nuestras culturas, siguen el mismo jueguito aquí someramente descrito, porque en su naturaleza está el ser putas, y es por lo putas que las buscamos.

Autor: BARBICANO

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